Emprender o morir

Emprender es morir despacio. Sudar cuando hace frío y seguir corriendo aunque no haya línea de meta. No hay  empresa más extraña que la de emprender. El emprendedor nunca hace cumbre, sólo dibuja nuevas rutas y corredores para que otros alcancen la cima.

 

A los españoles nos gusta emprender desde que Hernán Cortés quemara sus naves. El emprendedor no comprende el no, la puerta cerrada, las trampas en el camino, el compañero desleal, el fisco totalitario, ni al tío Gilito y demás fauna económica. Afirma con rotundidad, construye ventanas, sortea dificultades, ignora la traición, no desespera ante el recaudador y no desea ser rico.

El emprendedor está dispuesto a construir la piscina, buscar el agua para llenarla, tirarse a ella aunque no cubra, salir y secarse con una pequeña toalla de manos, y encima después pagar la entrada. Por eso hay tan pocos. Uno no puede ser emprendedor a palos, como el menesteroso galeno de Moliere.

Ted Turner adelantó una teoría a la que se han abonado muchos políticos en España últimamente, cuando escribió: “Mi hijo es ahora un emprendedor. Es lo que te llaman cuando no tienes trabajo”. Por mucho que se empeñe “Sor Soraya Sanz de Santamaría” un viernes anunciando leyes para aceptar autónomo como emprendedor de compañía, la cosa no funciona así.

Para abrir nuevos caminos se necesitan personas con peso y con poso. Emprender es una actividad de riesgo que sólo acepta a los que están dispuestos a ganarlo todo, pero también a perderlo todo. No está reservada para personas pusilánimes, que se laman demasiado tiempo las heridas y miren constantemente para atrás. La sociedad selecciona con su descarnada realidad a todos aquellos que quieren vender barcos más allá del Finisterre.

Al emprendedor sin horario y sin días malosos, le presento mis respetos y mi admiración. Le invito a que no oiga las voces del compañero de la barra del bar, no lea los libros de “gurús por accidente”, ignore lo que se publique en el BOE, comience el día con las primeras luces  y lo acabe cuando la oscuridad asusta a la noche, vea en color donde otros sólo ven blanco o negro, camine y haga vereda, y confiese cuando esté junto a lo suyos que ha merecido la pena vivir.

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